jueves, 17 de mayo de 2012

Fransisco Casabal ( textos de su autoria seleccionados por él)

Encuentros 17  (parte II)    (Español)
La batalla de los trescientos.
La segunda batalla.

La noche nos premiaba con un momento de tranquilidad en el cual, mientras dormías en silencio, te cubría con la admiración enamorada de ti desde la primera vez que te tuve en mis brazos.
Rodeados de soledad, despojándome del orgullo de gladiador que durante el día brillaba sobre mi coraza, me desnudaba de secretos guardados por tanto tiempo y llorando  sobre tu figura de ángel corría tus bucles con mis dedos aún manchados de sangre.
La batalla ganada por nuestras almas quedaba enterrada bajo la arena húmeda que se pegaba a nuestras túnicas de hilo. Tu cuerpo mojado por un largo día de verano se unía a la tela en un beso pegajoso, casi amoroso. Joven, vigoroso, con tus músculos aún palpitando nerviosos  por la pelea, yacías frente a mí incitándome a admirarte, tentándome a amarte infinitamente más en cada instante de mi vida.  Eras mío y yo te correspondería con mi vida.
Dormías  sobre mi brazo protegiéndote de la brisa  marina que susurraba aventuras fenicias contra tu cuerpo fatigado. Desnudo de experiencias, inquieto, te sacudías bajo tus sueños: gritos, estallidos de acero contra acero, hombres que caían al suelo para ahogarse en su propia sangre, animales fieles a sus amos hasta lo último sacudiendo sus miembros descuartizados en una confusa histeria mientras  ruedas de carros descontrolados cortaban piernas de soldados desprevenidos. Escudos de bronce bañados en un sudor desesperado que reflejaban un honor revestido por una nobleza ciega. Todo ese caos pavoroso e infausto por una causa jamás justificada. El hombre desde el comienzo ha peleado siempre por defender su nada.
Esta noche los dioses se regocijaban ante tu gloria de ángel sin alas. Participaste con tu primer papel de príncipe entre príncipes bajo la admiración de los nobles que te acompañaban. Te coronaste como héroe ante tu pueblo. Los soldados orgullosos se formaban  ordenados abriéndote paso y gritando tu nombre que honraba a nuestra patria, te daban paso con sus lanzas estiradas...
–El pichón de Horus esta listo para volar – me susurró un general  al oído mientras acercaba su montura a la mía en la procesión sacra.
Sé que tu madre espera ansiosa  tu regreso, orgullosa de su estirpe, tu linaje seguirá siendo santo.
……………………………………………………………………………………………

La mañana preferida de la semana no me abandonaba y me regalaba tu nombre servido en un desayuno americano. Nuestro primer encuentro había dado su fruto en una canastilla con panes frescos, tostadas con mermelada, café con ese aroma a Colombia que me fascina tanto y unos huevos revueltos. Por primera vez me sentía agradecido a esta mañana de los típicos domingos de Manhattan, todos los cafés de la ciudad atestados de domingueros haciendo imposible el sentarse a desayunar sin tener que esperar una hora como mínimo; hoy había valido la pena la espera.
Con una mirada cómplice nos saludamos con un fuerte apretón de manos y una gran carcajada. Sonrojándome oí cuando me contabas como te reíste cuando soplé sobre  tu nuca en el anfiteatro la noche que nos encontramos por primera vez.
Si, tenías razón, yo era un atrevido, pero si uno no se lanza hacia el frente a descubrir sus sueños, ¿en qué momento lo debe  hacer? o peor aún, ¿cuándo los llega uno a descubrir? Las batallas solo podemos ganarlas cuando las peleamos y no cuando las observamos desde una colina segura.
Me parecía un milagro estar sentado contigo después de varios meses de haberte visto aquella una única vez. Me aclaraste que tu compañía de aquel día era solo un buen amigo, ¿cómo podría yo haberlo adivinado? La mía por el contrario, era sencillamente una tonta equivocación.
El destino es el camino que sigue siempre de la mano nuestro drama; ¿o es simplemente nuestro drama el que lo sigue?

……………………………………………………………………………………………

Dormimos  contra  las rocas de la playa abrigados solo por la noche que nos custodiaba desde lo alto de los riscos.
En ese frío intenso encontramos nuestro abrigo en un solo y largo abrazo. Acercándome en silencio dejé que solo los astros fueran testigos de un beso secreto apoyando sobre tu frente fresca mi herencia, mi todo, mi honor de padre.
—Te amo— dije en silencio, y dejé que Afrodita se divirtiera con tus sueños.
Podía distinguir las infinitas fogatas de los batallones enemigos a lo largo del horizonte.
Estaban ya en nuestro territorio, demasiado cerca de nuestra ciudad. Hoy deberíamos vencerlos y exterminarlos sin tregua.
Anoche envié el último mensajero con el pedido de ayuda al Senado, ahora estaba en sus manos  la llegada de refuerzos, sabia que no duraríamos mucho contra nuestro invasor. Nuestros víveres comenzaban a escasear y el ánimo de los hombres corría el riesgo de comenzar a debilitarse.
La madrugada nos empapó con su sonrisa macabra, como si se burlara de nosotros en silencio; alistamos  las monturas y volvimos al campamento. Los soldados estarían aguardando mi regreso.
Enfrentamos la brisa salada de la mañana con un galope seguro y sereno. Sonreías contra el viento, seguro de tus fuerzas, esa confianza que solo la juventud ciega nos regala en un momento distraído  y gritabas al viento tus ganas de guerrero invencible. Me miraste y con una sonrisa fresca como la mañana me regalaste tu vida.
La lanza atravesó tu pecho como a un halcón en casería. Pude oír el chasquido seco que quebraba tus costillas. Tu mirada se paso por un instante eterno entre  mis ojos y tu pecho herido. Caíste sin darte cuenta sobre la arena pronunciando mi nombre, sin entender que sucedía.
Nos estaban esperando  en una emboscada al final de la playa, solo atiné a desmontar para arrojándome sobre ti a defenderte. Tomándome de mis manos  me miraste y en tu silencio ahogado en sangre  me preguntaste que sucedía. Tu última palabra: Padre…, cuando tus ojos se refugiaron tras un velo  con el color de la muerte. Un grito desesperado se aplastó contra la mañana morbosa que se llevaba tu alma. Un grito de un padre sin hijo; un grito que no lo oiría nadie mas que mi alma. Pude sentir todavía sobre tu pecho agitado los latidos dormidos de niño asustado.

Hablamos de tu infancia en Tokio rodeado de tradiciones demasiado estrictas y de reglas sociales que debías cumplir  casi a ciegas; de tu padre, un diplomático muy importante, de los viajes que ello envolvía, de los ocho idiomas que hablabas a la perfección.
(“Te amo” en ocho diferentes susurros sonó en mi oído transpirado, mojado por tus ganas. Nuestra mente puede ser traicionera en el momento menos indicado).
Te miraba mientras hablabas, solo te detenías para un sorbo del jugo de naranjas, el tercero, en tu pequeña confidencia. Te observaba y de a poco comenzaba en silencio a admirarte. Me contaste de tu hermana menor, casada  ahora con un industrial y con tres hijos; de los cuales, el menor de apenas dieciocho años, te había presentado a su novio. Si, te afirmé, los tiempos cambian.
Te pregunté si estarías libre por el resto del día y te convide a compartir el resto del domingo. Quería que supieras  como era un día de mi semana. Caminamos por el Parque Central y te propuse ir mas tarde ver una  obra de teatro de un grupo de amigos  míos en un pequeño auditorio por la Broadway.                            
Siempre he dicho que los detalles hacen a la persona. Le compraste a un señor  sosteniendo unos globos unas galletitas  y las abriste para dárselas a un grupo de cisnes que estaban cerca de la orilla del lago.
    ¿Sabias que el cisne es uno de los pocos animales completamente fiel a su pareja hasta la muerte y no elije ninguna otra? Y si esta  muere queda viudo para el resto de su vida.
Mirándote  me quede pensando en lo fantástico que estaba resultando conocerte.
Después de la obra de teatro (que tristemente no resulto ser tan buena  como esperaba) nos fuimos a La pequeña Italia, uno de los  barrios que mas amo en esta ciudad. Un gran plato de pasta Alfredo fue testigo de más confidencias, anécdotas y  bromas.
Salimos a la calle  y una luna llena sonriente nos coronaba con una luna llena espiándonos a través de miles de banderines de colores  que se ondulaban bajo la brisa fresca de la noche. Todo era perfecto.
Insististe en sentarte en un café en una esquina. Jamás había visto este lugar. Un pequeño café  turco con apenas unas seis  mesas, velas, unos pósters de Turquía y un mesero  que acababa de bajarse de un camello. (Creo que hasta olía al animal en cuestión).
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés más para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto tú como yo estábamos hablando con una sinceridad tan hiriente que amenazaba con acribillarnos con nuestros más oscuras turbaciones.
Fue allí cuando sin miedo te abrí mi corazón.


La batalla había sido despiadadamente dura. Demasiadas víctimas, demasiados cuerpos triturados bajo el sol de una mañana sin nombre. Demasiada muerte sin sentido; demasiada muerte y tú…
Tu eras solamente una memoria, una herida en lo mas profundo de mi corazón. 
Tu cuerpo envuelto en una sabana blanca en mi tienda esperaba el viaje de regreso a casa en silencio, casi inmóvil contra el tiempo.
Alúmides, tu potro relinchaba sin descanso  moviendo desesperadamente  su trompa. Era como si  te hablara y no entendiera porque no le dabas una de las zanahorias que tanto amaba. Los animales no son tan animales, tienen un espíritu mudo que solo puede hablar con los ojos. Nosotros los tan vanagloriados de ser humanos somos mudos con un espíritu que solo sabe gritar su inconciencia irreverente.
El líder persa estaba encadenado de rodillas frente a tu cuerpo cubierto con una manta blanca.
Tu nobleza, aquella heroína de la nada te había llevado de mi lado.
Tu madre llegaría con su cortejo en unas horas, no había podido impedir su llegada. Hubiera preferido llevarte de vuelta a casa y presentarte a ella en nuestro patio y no en el campamento donde habíamos pasado los últimos seis meses de nuestra vida.
Esta mañana el cielo mas transparente que nunca dejaba ver las huellas de tu partida, podía verlas. Las sentía en lo más profundo de mi pecho.
Los hombres habían declinado los festejos de la victoria; te amaban demasiado. Habías aprendido a convertirte en su joven líder.
Todos los soldados se habían pintado los rostros de color púrpura en tu honor, tres mil quinientos hombres  vencidos por el dolor de tu ausencia
Se formaban en silencio alrededor de tu altar.

Habíamos vencido la batalla.

Acabamos en mi departamento de  la sesenta y nueve. La noche estaba ya fresca dándome la  excusa perfecta para prender un fuego en la chimenea. Aun no la había inaugurado este año y me pareció una sonrisa más del destino la oportunidad.
Estuvimos conversando unas largas horas mas hasta que la luz del alba se entremezclo con la oscuridad y lo poco que iluminaba la ultima vela que había colocado en la botella vacía de vino.
No se porque recordé en ese instante aquella mañana que caminando por la avenida nueve de julio encontré a una vieja harapienta bañándose desnuda en una de las fuentes españolas de la calle Tucumán. Uno de esos “nenes Bien” montado en su caballo de polo se burlaba de ella desde el anuncio publicitario de cigarrillos rubios.
Conversamos sobre tus sueños, los míos, sobre lo parecidos de nuestros proyectos. De nuestra música  favorita. Barroca, dijimos al mismo tiempo y largamos una carcajada que retumbo en mi pecho con el peso de tu cabeza entre  mis brazos. Resulto que eras un músico de chelo y tenías un concierto en el freak Collection ese próximo lunes.
Yo no había podido conseguir boletos para ver la función ya que se habían vendido  hacia más de dos meses Te reíste y del bolsillo de tu camisa sacaste una entrada y me la pusiste en la mano.
Nos quedamos en silencio mirando entrar el sol por la pared más distante de la sala hasta que inundo con su presencia nuestra temprana mañana. Me miraste  te iluminaste junto a mi sonrisa y fue cuando sin ninguna razón  en solo un instante acercaste tu rostro al mío.
Y me diste un beso…
La mañana se volcó sobre  nuestros pechos y en silencio me regalo una promesa esperado  por demasiado tiempo

No hay comentarios:

Publicar un comentario