Encuentros 17 (parte II) (Español)
La batalla de los trescientos.
La segunda batalla.
La noche nos premiaba con un momento de tranquilidad
en el cual, mientras dormías en silencio, te cubría con la admiración enamorada
de ti desde la primera vez que te tuve en mis brazos.
Rodeados de soledad, despojándome del orgullo de
gladiador que durante el día brillaba sobre mi coraza, me desnudaba de secretos
guardados por tanto tiempo y llorando sobre tu figura de ángel corría tus
bucles con mis dedos aún manchados de sangre.
La batalla ganada por nuestras almas quedaba enterrada
bajo la arena húmeda que se pegaba a nuestras túnicas de hilo. Tu cuerpo mojado
por un largo día de verano se unía a la tela en un beso pegajoso, casi amoroso.
Joven, vigoroso, con tus músculos aún palpitando nerviosos por la pelea, yacías
frente a mí incitándome a admirarte, tentándome a amarte infinitamente más en
cada instante de mi vida. Eras mío y yo te correspondería con mi vida.
Dormías sobre mi brazo protegiéndote de la brisa
marina que susurraba aventuras fenicias contra tu cuerpo fatigado. Desnudo de
experiencias, inquieto, te sacudías bajo tus sueños: gritos, estallidos de
acero contra acero, hombres que caían al suelo para ahogarse en su propia
sangre, animales fieles a sus amos hasta lo último sacudiendo sus miembros
descuartizados en una confusa histeria mientras ruedas de carros
descontrolados cortaban piernas de soldados desprevenidos. Escudos de bronce bañados
en un sudor desesperado que reflejaban un honor revestido por una nobleza
ciega. Todo ese caos pavoroso e infausto por una causa jamás justificada. El
hombre desde el comienzo ha peleado siempre por defender su nada.
Esta noche los dioses se regocijaban ante tu gloria de
ángel sin alas. Participaste con tu primer papel de príncipe entre príncipes bajo
la admiración de los nobles que te acompañaban. Te coronaste como héroe ante tu
pueblo. Los soldados orgullosos se formaban ordenados abriéndote paso y
gritando tu nombre que honraba a nuestra patria, te daban paso con sus lanzas
estiradas...
–El pichón de Horus esta listo para volar
– me susurró un general al oído mientras acercaba su montura a la mía en
la procesión sacra.
Sé que tu madre espera ansiosa tu regreso, orgullosa
de su estirpe, tu linaje seguirá siendo santo.
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La mañana preferida de la semana no me abandonaba y me
regalaba tu nombre servido en un desayuno americano. Nuestro primer encuentro
había dado su fruto en una canastilla con panes frescos, tostadas con mermelada,
café con ese aroma a Colombia que me fascina tanto y unos huevos revueltos. Por
primera vez me sentía agradecido a esta mañana de los típicos domingos de Manhattan,
todos los cafés de la ciudad atestados de domingueros haciendo imposible el sentarse
a desayunar sin tener que esperar una hora como mínimo; hoy había valido la
pena la espera.
Con una mirada cómplice nos saludamos con un fuerte
apretón de manos y una gran carcajada. Sonrojándome oí cuando me contabas como te
reíste cuando soplé sobre tu nuca en el anfiteatro la noche que nos
encontramos por primera vez.
Si, tenías razón, yo era un atrevido, pero si uno no
se lanza hacia el frente a descubrir sus sueños, ¿en qué momento lo debe hacer?
o peor aún, ¿cuándo los llega uno a descubrir? Las batallas solo podemos
ganarlas cuando las peleamos y no cuando las observamos desde una colina segura.
Me parecía un milagro estar sentado contigo después de
varios meses de haberte visto aquella una única vez. Me aclaraste que tu compañía
de aquel día era solo un buen amigo, ¿cómo podría yo haberlo adivinado? La mía por
el contrario, era sencillamente una tonta equivocación.
El destino es el camino que sigue siempre de la mano nuestro
drama; ¿o es simplemente nuestro drama el que lo sigue?
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Dormimos contra las rocas de la playa abrigados solo
por la noche que nos custodiaba desde lo alto de los riscos.
En ese frío intenso encontramos nuestro abrigo en un
solo y largo abrazo. Acercándome en silencio dejé que solo los astros fueran
testigos de un beso secreto apoyando sobre tu frente fresca mi herencia, mi
todo, mi honor de padre.
—Te amo— dije en silencio, y dejé que Afrodita
se divirtiera con tus sueños.
Podía distinguir las infinitas fogatas de los
batallones enemigos a lo largo del horizonte.
Estaban ya en nuestro territorio, demasiado cerca de
nuestra ciudad. Hoy deberíamos vencerlos y exterminarlos sin tregua.
Anoche envié el último mensajero con el pedido de
ayuda al Senado, ahora estaba en sus manos la llegada de refuerzos, sabia que
no duraríamos mucho contra nuestro invasor. Nuestros víveres comenzaban a
escasear y el ánimo de los hombres corría el riesgo de comenzar a debilitarse.
La madrugada nos empapó con su sonrisa macabra, como
si se burlara de nosotros en silencio; alistamos las monturas y volvimos al
campamento. Los soldados estarían aguardando mi regreso.
Enfrentamos la brisa salada de la mañana con un galope
seguro y sereno. Sonreías contra el viento, seguro de tus fuerzas, esa
confianza que solo la juventud ciega nos regala en un momento distraído y
gritabas al viento tus ganas de guerrero invencible. Me miraste y con una
sonrisa fresca como la mañana me regalaste tu vida.
La lanza atravesó tu pecho como a un halcón en
casería. Pude oír el chasquido seco que quebraba tus costillas. Tu mirada se
paso por un instante eterno entre mis ojos y tu pecho herido. Caíste sin darte
cuenta sobre la arena pronunciando mi nombre, sin entender que sucedía.
Nos estaban esperando en una emboscada al final de la
playa, solo atiné a desmontar para arrojándome sobre ti a defenderte. Tomándome
de mis manos me miraste y en tu silencio ahogado en sangre me preguntaste que
sucedía. Tu última palabra: Padre…, cuando tus ojos se refugiaron tras un
velo con el color de la muerte. Un grito desesperado se aplastó contra la
mañana morbosa que se llevaba tu alma. Un grito de un padre sin hijo; un grito
que no lo oiría nadie mas que mi alma. Pude sentir todavía sobre tu pecho
agitado los latidos dormidos de niño asustado.
Hablamos de tu infancia en Tokio rodeado de
tradiciones demasiado estrictas y de reglas sociales que debías cumplir casi a
ciegas; de tu padre, un diplomático muy importante, de los viajes que ello envolvía,
de los ocho idiomas que hablabas a la perfección.
(“Te amo” en ocho diferentes susurros sonó
en mi oído transpirado, mojado por tus ganas. Nuestra mente puede ser
traicionera en el momento menos indicado).
Te miraba mientras hablabas, solo te detenías para un
sorbo del jugo de naranjas, el tercero, en tu pequeña confidencia. Te observaba
y de a poco comenzaba en silencio a admirarte. Me contaste de tu hermana menor,
casada ahora con un industrial y con tres hijos; de los cuales, el menor de
apenas dieciocho años, te había presentado a su novio. Si, te afirmé, los
tiempos cambian.
Te pregunté si estarías libre por el resto del día y
te convide a compartir el resto del domingo. Quería que supieras como era un
día de mi semana. Caminamos por el Parque Central y te propuse ir mas tarde ver
una obra de teatro de un grupo de amigos míos en un pequeño auditorio por la
Broadway.
Siempre he dicho que los detalles hacen a la persona. Le
compraste a un señor sosteniendo unos globos unas galletitas y las abriste
para dárselas a un grupo de cisnes que estaban cerca de la orilla del lago.
— ¿Sabias que el cisne es uno de los pocos animales completamente
fiel a su pareja hasta la muerte y no elije ninguna otra? Y si esta muere
queda viudo para el resto de su vida.
Mirándote me quede pensando en lo fantástico que
estaba resultando conocerte.
Después de la obra de teatro (que tristemente no
resulto ser tan buena como esperaba) nos fuimos a La pequeña Italia, uno de
los barrios que mas amo en esta ciudad. Un gran plato de pasta Alfredo fue
testigo de más confidencias, anécdotas y bromas.
Salimos a la calle y una luna llena sonriente nos
coronaba con una luna llena espiándonos a través de miles de banderines de
colores que se ondulaban bajo la brisa fresca de la noche. Todo era perfecto.
Insististe en sentarte en un café en una esquina. Jamás
había visto este lugar. Un pequeño café turco con apenas unas seis mesas,
velas, unos pósters de Turquía y un mesero que acababa de bajarse de un
camello. (Creo que hasta olía al animal en cuestión).
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir
dos cafés más para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta
de que tanto tú como yo estábamos hablando con una sinceridad tan hiriente que
amenazaba con acribillarnos con nuestros más oscuras turbaciones.
Fue allí cuando sin miedo te abrí mi corazón.
La batalla había sido despiadadamente dura. Demasiadas
víctimas, demasiados cuerpos triturados bajo el sol de una mañana sin nombre. Demasiada
muerte sin sentido; demasiada muerte y tú…
Tu eras solamente una memoria, una herida en lo mas
profundo de mi corazón.
Tu cuerpo envuelto en una sabana blanca en mi tienda
esperaba el viaje de regreso a casa en silencio, casi inmóvil contra el tiempo.
Alúmides, tu potro relinchaba sin descanso moviendo
desesperadamente su trompa. Era como si te hablara y no entendiera porque no
le dabas una de las zanahorias que tanto amaba. Los animales no son tan
animales, tienen un espíritu mudo que solo puede hablar con los ojos. Nosotros
los tan vanagloriados de ser humanos somos mudos con un espíritu que solo sabe
gritar su inconciencia irreverente.
El líder persa estaba encadenado de rodillas frente a
tu cuerpo cubierto con una manta blanca.
Tu nobleza, aquella heroína de la nada te había
llevado de mi lado.
Tu madre llegaría con su cortejo en unas horas, no
había podido impedir su llegada. Hubiera preferido llevarte de vuelta a casa y
presentarte a ella en nuestro patio y no en el campamento donde habíamos pasado
los últimos seis meses de nuestra vida.
Esta mañana el cielo mas transparente que nunca dejaba
ver las huellas de tu partida, podía verlas. Las sentía en lo más profundo de
mi pecho.
Los hombres habían declinado los festejos de la
victoria; te amaban demasiado. Habías aprendido a convertirte en su joven
líder.
Todos los soldados se habían pintado los rostros de
color púrpura en tu honor, tres mil quinientos hombres vencidos por el dolor
de tu ausencia
Se formaban en silencio alrededor de tu altar.
Habíamos vencido la batalla.
Acabamos en mi departamento de la sesenta y nueve. La
noche estaba ya fresca dándome la excusa perfecta para prender un fuego en la
chimenea. Aun no la había inaugurado este año y me pareció una sonrisa más del
destino la oportunidad.
Estuvimos conversando unas largas horas mas hasta que
la luz del alba se entremezclo con la oscuridad y lo poco que iluminaba la
ultima vela que había colocado en la botella vacía de vino.
No se porque recordé en ese instante aquella mañana
que caminando por la avenida nueve de julio encontré a una vieja harapienta
bañándose desnuda en una de las fuentes españolas de la calle Tucumán. Uno de
esos “nenes Bien” montado en su caballo de polo se burlaba de ella
desde el anuncio publicitario de cigarrillos rubios.
Conversamos sobre tus sueños, los míos, sobre lo
parecidos de nuestros proyectos. De nuestra música favorita. Barroca, dijimos
al mismo tiempo y largamos una carcajada que retumbo en mi pecho con el peso de
tu cabeza entre mis brazos. Resulto que eras un músico de chelo y tenías un
concierto en el freak Collection ese próximo lunes.
Yo no había podido conseguir boletos para ver la función
ya que se habían vendido hacia más de dos meses Te reíste y del bolsillo de tu
camisa sacaste una entrada y me la pusiste en la mano.
Nos quedamos en silencio mirando entrar el sol por la
pared más distante de la sala hasta que inundo con su presencia nuestra
temprana mañana. Me miraste te iluminaste junto a mi sonrisa y fue cuando sin
ninguna razón en solo un instante acercaste tu rostro al mío.
Y me diste un beso…
La mañana se volcó sobre nuestros pechos y en
silencio me regalo una promesa esperado por demasiado tiempo