jueves, 17 de mayo de 2012

Fransisco Casabal ( textos de su autoria seleccionados por él)

Encuentros 17  (parte II)    (Español)
La batalla de los trescientos.
La segunda batalla.

La noche nos premiaba con un momento de tranquilidad en el cual, mientras dormías en silencio, te cubría con la admiración enamorada de ti desde la primera vez que te tuve en mis brazos.
Rodeados de soledad, despojándome del orgullo de gladiador que durante el día brillaba sobre mi coraza, me desnudaba de secretos guardados por tanto tiempo y llorando  sobre tu figura de ángel corría tus bucles con mis dedos aún manchados de sangre.
La batalla ganada por nuestras almas quedaba enterrada bajo la arena húmeda que se pegaba a nuestras túnicas de hilo. Tu cuerpo mojado por un largo día de verano se unía a la tela en un beso pegajoso, casi amoroso. Joven, vigoroso, con tus músculos aún palpitando nerviosos  por la pelea, yacías frente a mí incitándome a admirarte, tentándome a amarte infinitamente más en cada instante de mi vida.  Eras mío y yo te correspondería con mi vida.
Dormías  sobre mi brazo protegiéndote de la brisa  marina que susurraba aventuras fenicias contra tu cuerpo fatigado. Desnudo de experiencias, inquieto, te sacudías bajo tus sueños: gritos, estallidos de acero contra acero, hombres que caían al suelo para ahogarse en su propia sangre, animales fieles a sus amos hasta lo último sacudiendo sus miembros descuartizados en una confusa histeria mientras  ruedas de carros descontrolados cortaban piernas de soldados desprevenidos. Escudos de bronce bañados en un sudor desesperado que reflejaban un honor revestido por una nobleza ciega. Todo ese caos pavoroso e infausto por una causa jamás justificada. El hombre desde el comienzo ha peleado siempre por defender su nada.
Esta noche los dioses se regocijaban ante tu gloria de ángel sin alas. Participaste con tu primer papel de príncipe entre príncipes bajo la admiración de los nobles que te acompañaban. Te coronaste como héroe ante tu pueblo. Los soldados orgullosos se formaban  ordenados abriéndote paso y gritando tu nombre que honraba a nuestra patria, te daban paso con sus lanzas estiradas...
–El pichón de Horus esta listo para volar – me susurró un general  al oído mientras acercaba su montura a la mía en la procesión sacra.
Sé que tu madre espera ansiosa  tu regreso, orgullosa de su estirpe, tu linaje seguirá siendo santo.
……………………………………………………………………………………………

La mañana preferida de la semana no me abandonaba y me regalaba tu nombre servido en un desayuno americano. Nuestro primer encuentro había dado su fruto en una canastilla con panes frescos, tostadas con mermelada, café con ese aroma a Colombia que me fascina tanto y unos huevos revueltos. Por primera vez me sentía agradecido a esta mañana de los típicos domingos de Manhattan, todos los cafés de la ciudad atestados de domingueros haciendo imposible el sentarse a desayunar sin tener que esperar una hora como mínimo; hoy había valido la pena la espera.
Con una mirada cómplice nos saludamos con un fuerte apretón de manos y una gran carcajada. Sonrojándome oí cuando me contabas como te reíste cuando soplé sobre  tu nuca en el anfiteatro la noche que nos encontramos por primera vez.
Si, tenías razón, yo era un atrevido, pero si uno no se lanza hacia el frente a descubrir sus sueños, ¿en qué momento lo debe  hacer? o peor aún, ¿cuándo los llega uno a descubrir? Las batallas solo podemos ganarlas cuando las peleamos y no cuando las observamos desde una colina segura.
Me parecía un milagro estar sentado contigo después de varios meses de haberte visto aquella una única vez. Me aclaraste que tu compañía de aquel día era solo un buen amigo, ¿cómo podría yo haberlo adivinado? La mía por el contrario, era sencillamente una tonta equivocación.
El destino es el camino que sigue siempre de la mano nuestro drama; ¿o es simplemente nuestro drama el que lo sigue?

……………………………………………………………………………………………

Dormimos  contra  las rocas de la playa abrigados solo por la noche que nos custodiaba desde lo alto de los riscos.
En ese frío intenso encontramos nuestro abrigo en un solo y largo abrazo. Acercándome en silencio dejé que solo los astros fueran testigos de un beso secreto apoyando sobre tu frente fresca mi herencia, mi todo, mi honor de padre.
—Te amo— dije en silencio, y dejé que Afrodita se divirtiera con tus sueños.
Podía distinguir las infinitas fogatas de los batallones enemigos a lo largo del horizonte.
Estaban ya en nuestro territorio, demasiado cerca de nuestra ciudad. Hoy deberíamos vencerlos y exterminarlos sin tregua.
Anoche envié el último mensajero con el pedido de ayuda al Senado, ahora estaba en sus manos  la llegada de refuerzos, sabia que no duraríamos mucho contra nuestro invasor. Nuestros víveres comenzaban a escasear y el ánimo de los hombres corría el riesgo de comenzar a debilitarse.
La madrugada nos empapó con su sonrisa macabra, como si se burlara de nosotros en silencio; alistamos  las monturas y volvimos al campamento. Los soldados estarían aguardando mi regreso.
Enfrentamos la brisa salada de la mañana con un galope seguro y sereno. Sonreías contra el viento, seguro de tus fuerzas, esa confianza que solo la juventud ciega nos regala en un momento distraído  y gritabas al viento tus ganas de guerrero invencible. Me miraste y con una sonrisa fresca como la mañana me regalaste tu vida.
La lanza atravesó tu pecho como a un halcón en casería. Pude oír el chasquido seco que quebraba tus costillas. Tu mirada se paso por un instante eterno entre  mis ojos y tu pecho herido. Caíste sin darte cuenta sobre la arena pronunciando mi nombre, sin entender que sucedía.
Nos estaban esperando  en una emboscada al final de la playa, solo atiné a desmontar para arrojándome sobre ti a defenderte. Tomándome de mis manos  me miraste y en tu silencio ahogado en sangre  me preguntaste que sucedía. Tu última palabra: Padre…, cuando tus ojos se refugiaron tras un velo  con el color de la muerte. Un grito desesperado se aplastó contra la mañana morbosa que se llevaba tu alma. Un grito de un padre sin hijo; un grito que no lo oiría nadie mas que mi alma. Pude sentir todavía sobre tu pecho agitado los latidos dormidos de niño asustado.

Hablamos de tu infancia en Tokio rodeado de tradiciones demasiado estrictas y de reglas sociales que debías cumplir  casi a ciegas; de tu padre, un diplomático muy importante, de los viajes que ello envolvía, de los ocho idiomas que hablabas a la perfección.
(“Te amo” en ocho diferentes susurros sonó en mi oído transpirado, mojado por tus ganas. Nuestra mente puede ser traicionera en el momento menos indicado).
Te miraba mientras hablabas, solo te detenías para un sorbo del jugo de naranjas, el tercero, en tu pequeña confidencia. Te observaba y de a poco comenzaba en silencio a admirarte. Me contaste de tu hermana menor, casada  ahora con un industrial y con tres hijos; de los cuales, el menor de apenas dieciocho años, te había presentado a su novio. Si, te afirmé, los tiempos cambian.
Te pregunté si estarías libre por el resto del día y te convide a compartir el resto del domingo. Quería que supieras  como era un día de mi semana. Caminamos por el Parque Central y te propuse ir mas tarde ver una  obra de teatro de un grupo de amigos  míos en un pequeño auditorio por la Broadway.                            
Siempre he dicho que los detalles hacen a la persona. Le compraste a un señor  sosteniendo unos globos unas galletitas  y las abriste para dárselas a un grupo de cisnes que estaban cerca de la orilla del lago.
    ¿Sabias que el cisne es uno de los pocos animales completamente fiel a su pareja hasta la muerte y no elije ninguna otra? Y si esta  muere queda viudo para el resto de su vida.
Mirándote  me quede pensando en lo fantástico que estaba resultando conocerte.
Después de la obra de teatro (que tristemente no resulto ser tan buena  como esperaba) nos fuimos a La pequeña Italia, uno de los  barrios que mas amo en esta ciudad. Un gran plato de pasta Alfredo fue testigo de más confidencias, anécdotas y  bromas.
Salimos a la calle  y una luna llena sonriente nos coronaba con una luna llena espiándonos a través de miles de banderines de colores  que se ondulaban bajo la brisa fresca de la noche. Todo era perfecto.
Insististe en sentarte en un café en una esquina. Jamás había visto este lugar. Un pequeño café  turco con apenas unas seis  mesas, velas, unos pósters de Turquía y un mesero  que acababa de bajarse de un camello. (Creo que hasta olía al animal en cuestión).
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés más para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto tú como yo estábamos hablando con una sinceridad tan hiriente que amenazaba con acribillarnos con nuestros más oscuras turbaciones.
Fue allí cuando sin miedo te abrí mi corazón.


La batalla había sido despiadadamente dura. Demasiadas víctimas, demasiados cuerpos triturados bajo el sol de una mañana sin nombre. Demasiada muerte sin sentido; demasiada muerte y tú…
Tu eras solamente una memoria, una herida en lo mas profundo de mi corazón. 
Tu cuerpo envuelto en una sabana blanca en mi tienda esperaba el viaje de regreso a casa en silencio, casi inmóvil contra el tiempo.
Alúmides, tu potro relinchaba sin descanso  moviendo desesperadamente  su trompa. Era como si  te hablara y no entendiera porque no le dabas una de las zanahorias que tanto amaba. Los animales no son tan animales, tienen un espíritu mudo que solo puede hablar con los ojos. Nosotros los tan vanagloriados de ser humanos somos mudos con un espíritu que solo sabe gritar su inconciencia irreverente.
El líder persa estaba encadenado de rodillas frente a tu cuerpo cubierto con una manta blanca.
Tu nobleza, aquella heroína de la nada te había llevado de mi lado.
Tu madre llegaría con su cortejo en unas horas, no había podido impedir su llegada. Hubiera preferido llevarte de vuelta a casa y presentarte a ella en nuestro patio y no en el campamento donde habíamos pasado los últimos seis meses de nuestra vida.
Esta mañana el cielo mas transparente que nunca dejaba ver las huellas de tu partida, podía verlas. Las sentía en lo más profundo de mi pecho.
Los hombres habían declinado los festejos de la victoria; te amaban demasiado. Habías aprendido a convertirte en su joven líder.
Todos los soldados se habían pintado los rostros de color púrpura en tu honor, tres mil quinientos hombres  vencidos por el dolor de tu ausencia
Se formaban en silencio alrededor de tu altar.

Habíamos vencido la batalla.

Acabamos en mi departamento de  la sesenta y nueve. La noche estaba ya fresca dándome la  excusa perfecta para prender un fuego en la chimenea. Aun no la había inaugurado este año y me pareció una sonrisa más del destino la oportunidad.
Estuvimos conversando unas largas horas mas hasta que la luz del alba se entremezclo con la oscuridad y lo poco que iluminaba la ultima vela que había colocado en la botella vacía de vino.
No se porque recordé en ese instante aquella mañana que caminando por la avenida nueve de julio encontré a una vieja harapienta bañándose desnuda en una de las fuentes españolas de la calle Tucumán. Uno de esos “nenes Bien” montado en su caballo de polo se burlaba de ella desde el anuncio publicitario de cigarrillos rubios.
Conversamos sobre tus sueños, los míos, sobre lo parecidos de nuestros proyectos. De nuestra música  favorita. Barroca, dijimos al mismo tiempo y largamos una carcajada que retumbo en mi pecho con el peso de tu cabeza entre  mis brazos. Resulto que eras un músico de chelo y tenías un concierto en el freak Collection ese próximo lunes.
Yo no había podido conseguir boletos para ver la función ya que se habían vendido  hacia más de dos meses Te reíste y del bolsillo de tu camisa sacaste una entrada y me la pusiste en la mano.
Nos quedamos en silencio mirando entrar el sol por la pared más distante de la sala hasta que inundo con su presencia nuestra temprana mañana. Me miraste  te iluminaste junto a mi sonrisa y fue cuando sin ninguna razón  en solo un instante acercaste tu rostro al mío.
Y me diste un beso…
La mañana se volcó sobre  nuestros pechos y en silencio me regalo una promesa esperado  por demasiado tiempo

martes, 1 de mayo de 2012

Fransisco Casabal


Del libro “Encuentros” (Spanish – English)
El coraje de llamarte Ángel.

Sentado, al oír la noticia, casi paralizado, me desvanezco sobre la banqueta de madera fría del vestuario, la transpiración de una hora y media de la clase aeróbica comenzó a mezclarse con mis lágrimas.
-Esteban ¿te encuentras bien? Esteban.
Las voces que me envolvían empezaban a confundirse con el murmullo del salpicar del agua contra el suelo de las duchas y se mezclaba con el sonido de tu voz, que no había oído hacía tanto tiempo…
…………………………………………………………………………………………

Te conocí en la inauguración de un club nocturno en Madrid, escondido en un rincón, bajo una palmera fenicia al costado de la gran escalera de mármol. Mientras los invitados entraban riéndose a carcajadas, solo sus sombras percibían tu presencia, tímida, casi apagada. Solo sus sombras, y yo.
Tu sonrisa se reflejó en mi copa vacía desde el primer instante en que te vi. Si Apolo te hubiera visto en ese momento, hubieras pasado a sentarte junto a Jacinto, Acanto, Cipariso y tantos otros serafines sobre el trono de los afortunados en compartir su gloria. Alto, con tus espaldas desafiando a la noche frívola y llena de lujurias te apoyabas sobre una pared vacía de encantos. Solo tu estampa  grandiosa hacía de marco noble a ese instante. Tu rostro pálido, del color de los ángeles, sostenía tu sonrisa autentica, enmarcada por esos labios maduros e hinchados como frutas de una pintura de Bellini; sobre ellos, unos ojos rasgados, verdes como zafiros vírgenes, cómplices de infinitos sueños deseados por siglos de una eterna espera, me saludaban y convidaban  con tu presencia. Todo ese sueño coronado por tu melena oscura, perdida en la noche, una maratón de bucles que competían entre si por un primer lugar sobre tu frente. Tu figura esbelta, dentro de un smoking negro no hacía más que traicionar tu timidez noble y sincera. Tu estampa era un reto a la pasividad de mis días como visitante en aquella ciudad, fiesta tras fiesta, inauguraciones, obras de teatro, reuniones de caridad, habían vaciado mi agenda de esperanza estampando solo un gran sello de aburrimiento y espantosa monotonía. Me quedaban solo tres días en Madrid… y apareciste allí, bajo una escalera de reyes y reinas, sosteniendo tu título de emperador de la noche, aclamado por tu belleza solitaria.
Mágico, un momento simplemente, mágico.
…………………………………………………………………………………………..

Con un escalofrío siniestro que sacude mi cuerpo desnudo, aun humedecido, te imagino en una de tus noches solitarias, llenas de miedo de niño. Apoyado contra una barra, sólo, acompañado de un trago que vuelca sobre ti su burla. Distraído le respondes a un extraño  con tu nombre y te confiesas en una charla frívola de amante solitario, te ríes festejando bromas que no entiendes y te llenan solo de vacío; a veces, la soledad nos engaña envolviéndonos con su aroma de flor marchita y nos envenena con su muerte. Caminando acompañado por un desconocido y una confianza inconsciente te diriges hacia una noche que se mofa de tu pena.
…………………………………………………………………………………………….

Me acerqué lentamente, estudiándote, investigando tu historia. Al pasar un mesero con una bandeja  de bebidas, alcancé a robarle dos copas repletas de champaña, una para ti y otra para nuestro encuentro. Me miraste a los ojos y suspendí la copa sobre tu sonrisa espontánea, la tomaste callado y después de alzarla en un brindis  la llevaste a ese par de labios que me habían hechizado desde un principio.
Como me ha pasado siempre, el destino me había premiado con un juego de ases en este nuevo partido, y no lo pensaba perder. Resultaste ser el hermano menor de un compañero de colegio y todavía me acordaba de haberte visto jugar en el patio durante algunos recreos, resultó también que íbamos al mismo parque a pasear a nuestros perros, dos veces te había visto con tu ovejero alemán y no te había olvidado. La vida nos había regalado  infinitos momentos que pasando distraídos se habían esfumado ante nosotros y a pesar de todo, nos daba otra nueva oportunidad de leer entre líneas su eterna poesía.
No creo que hayamos conversado más de media hora, no hacia falta mas charla, nos habíamos confesado todas nuestras experiencias vividas en algún otro tiempo, en algún otro espacio; lo sabíamos, lo sentíamos; tomando mi copa, la dejaste junto a la tuya sobre un escalón de mármol junto a una serpentina ebria vencida en su caída y, mirándome sin miedo, me tomaste del brazo y con un guiño de ojo me indicaste la salida.
Nos encontramos de repente caminando bajo los frondosos árboles del Paseo del Pintor  Rosales -que pasaría a ser desde ese momento uno de mis favoritos- envueltos entre el aroma de azares y rosales iluminados por una luna mora que aún soñaba con las llaves de Granada, nos dejamos bañar por su luz plateada. Vendándome los ojos me guiaste pidiéndome que te tuviera confianza; al descubrirme la vista, Anubis me observaba vigilante, mientras Isis con sus alas desplegadas me daba la bienvenida. ¡El Templo de Debob!
Siempre he sabido que el destino rige nuestras vidas, que todo pasa porque tiene que pasar, solo tenemos que aprender a observar a nuestro alrededor para apreciar lo que Dios nos regala en su magnánima sabiduría.
Bajo la luz pálida de una antorcha te tomé por tu nuca y me desmaye contra tus labios en un beso, tímido, casi sin sabor al principio, para terminar venciendo una batalla regida por todas las deidades que nos observaban, llenando mi alma de un  botín invalorable que guardaría en mi memoria para siempre: El haberte amado por solo un instante. Esa inolvidable noche sería el inicio de los mejores seis meses de mi vida.
……………………………………………………………………………………………

Mientras cubro mi rostro con espanto, mi toalla cae sobre un piso mojado y me quedo desnudo, con miedo, con el miedo de un amigo que lanza su mano en auxilio a un vacío oscuro y traicionero. Me siento mal, desesperado, tu chillido retumba en mis oídos, en mi cerebro, por todos mis músculos y me sacudo en un espasmo sintiéndote lejos, en universo desconocido. ¿Cómo es posible? ¿Dios, porqué?
De repente, sin esperártelo, sentiste que te faltaba el aire, como aquella vez que te habías caído de un caballo a todo galope; un golpe seco y duro que golpeaba tu pecho contra el suelo: una, dos, tres, cuatro…comenzaste a contarlas, una tras otra, dieciséis puñaladas…
-Ángel, Ángel, date prisa que se enfría el almuerzo – la tan dulce voz de tu abuela llamándote desde la puerta de la cocina, clavando la pala en uno de los surcos de la huerta y te sacaste el sudor de la frente mirando hacia el horizonte; había sido una buena mañana, productiva, las plantas de tomates iban a brotar a tiempo y los durazneros
estaban mas cargados que nunca. Este era el mejor año que habían tenido en mucho tiempo, la cosecha sería buena. ¡Cómo amabas la vida en el campo, al aire libre, sin los contratiempos de vivir en una ciudad como Madrid, eras joven y tenías toda la vida por delante…
Solamente con las tres últimas te diste cuenta de que era un cuchillo lo que se reflejaba contra el espejo de la cómoda. Tus ojos desorbitados se enfocaron en el techo que comenzaba a teñirse con la sombra de tu propia sangre.
Por un instante, tu dolor desesperado se perdió en un grito agudo de agonía macabra, tus ojos vieron por primera vez  la muerte, hasta que sin darte cuenta tu mirada quedó petrificada en la nada.
Mi mirada hoy queda estampada en un recuerdo lejano; en largas caminatas bajo árboles que nos acompañaban con sus risas entre azares que vestían nuestras noches frescas de primavera masajeando con perfume nuestras espaldas, en dioses paganos que recibían gloriosos nuestras ofrendas, en besos que iluminaban nuestros momentos bajo estrellas plateadas. Mi mirada queda fija en tus ojos verdes que se despiden con una sonrisa tímida de niño solitario. Me levanto y sin fuerzas termino de vestirme, me abrigo con una bufanda de lana porque esta noche tengo frío, tengo mucho frío.
Cierro mi bolso y salgo de un vestuario vacío, soy el último en retirarse, antes de cerrar la puerta me doy vuelta, y allí, sobre el piso indiferente de baldosas mojadas veo derramada tu sonrisa.
                                                                                            F.S.
                                                                                            Dallas abril de 2005
                                                                                            
From the Book: “Encounters”
Chapter II:
The Courage of been named Angel.

Sitting down, listening to the news, almost paralyzed, I melt over the frozen wooden bench of the dressing room; the perspiration of one hour and a half of an aerobics class were starting to get mixed with my tears.
Steven, Steven, are you ok?
The voices that surrounded me began to be confused with the splashing murmur of the shower’s water against the floor and it mixed with the sound of your voice; that I haven’t heard in so long.
…………………………………………………………………………………………….

I met you at the opening of a night club in Madrid; hidden in a corner under a Phoenician Palm next to the big marble stairs. Only the shadows of the guests that were coming in laughing perceived your timid, almost extinguished presence. Only the shadows and myself.
Your smile reflected on my empty glass since the first moment I saw you. If Apollo would have seen you at that precise moment, you would have ended sitting down next to Jacinth,  Acanthus, Ciparicious and so many others seraphim on the throne of the fortunate to share their glory. Tall with your backs defying the frivolous and lusty night; you were kneeling on an empty wall of enchantment.  Only your Grande stamp made a noble frame for that moment. Your pale face with the color of the angels, held your authentic smile framed by those mature and inflamed lips, like fruit of a Bellini’s painting. Over them, a pair of torn eyes, green as virgin sapphires accomplices of infinite dreams wished by centuries of an eternal wait; were greeting me with your presence. That entire dream lost in the night crowned by your dark mane of a marathon of curls that competed between each other to get the first place on your forehead.
Your graceful figure, in a black tuxedo could only betray your sincere and noble timidity.
Your presence was a challenge to the passivity of my days as a visitor in the city; party after party; openings; theatre plays; charity balls, could only empty my agenda of hope just stamping only a big seal of tediousness and dreadful monotony. I had only three days left in Madrid, and there you were under a marble stairs for kings and queens holding your title of Emperor of the Night, claimed by your solitary beauty.
Magical, simply a magical moment
……………………………………………………………………………………………

With a disturbing chill, that shakes my still dampened naked body, I can see you in one of your lonely nights full of a child’s fears. In a bar leaning alone on a counter together with a drink that spills over you its mockery. Unaware, you answer a stranger and you confess yourself with a frivolous chat of a lonely lover. You laugh celebrating jokes that you don’t get and fill you up only with emptiness. Sometimes loneliness deceives us and surrounds us with its perfume of withered flower and poisons us with death.
Walking side-to-side with a stranger and an unaware trust you embark into a night that makes fun of your pain.
…………………………………………………………………………………………….

Slowly, I got closer to you, studying you, investigating your history. Just as a waiter was passing by with a tray of drinks I got to take two glasses filled with champagne; one for you and the other for our meeting. You looked into my eyes as I suspended the glass over your spontaneous smile; you took it in silence and after raising it in a toast, you took it into those pair of lips that have bewitched me from the beginning.
As it happened before, Destiny had awarded me in this new match with a game of aces and I didn’t plan on losing it.
I recall that you have been the younger brother of a school mate and I still remember seeing you playing in the yard between classes. We also went to the same park to walk our dogs. I have seen you twice with your German shepherd, and of course, I never forgot about you. Life has presented us with infinite moments that passed with no notice in front of us, and although they evaporated, it was giving us another new opportunity to read between lines her eternal poetry.
I don’t think we talked more than half an hour; more chatting was not necessary. We already have confessed our lived experiences in another time, in another space; we knew it; we felt it. Grabbing my glass you left it next to yours on a marble step beside a drunken serpentine lost in its fall. Looking at me with no fear you took me by my arm and blinking an eye showed me to the door.
Suddenly we were walking under the huge trees of: “El Paseo del Pintor Rosales”
(From now on one of my favorites), surrounded by the perfume of  lemon’s blossoms and roses. Illuminated by a Moorish moon that was still dreaming with the keys of Granada we let ourselves into a silvery light. Covering my eyes you guided me and asking me to trust you. When you uncovered my sight, Anubis was watching me on guard, while Isis with her opened wings was welcoming me. The Debob’s Temple!
I always knew that Destiny rules our lives; that everything happens for a reason; we only have to learn to observe around us so we can appreciate what God gives us in his magnanimous wisdom.
Under the pale light of a torch, I held you by the nape of your neck and faded against your lips in a shy kiss with no taste at the beginning, to end up winning a battle ruled by all the deities that were observing us. The kiss filled my soul of an invaluable treasure that would be in my memory for ever - having loved you just for an instant. That unforgettable night would be the commencement of the best six months I ever have.
…………………………………………………………………………………………

At the same moment I cover my face with horror, my towel falls on a wet floor and I stay naked and scared; with the fear of a friend that extends his hand in help towards a dark and treacherous emptiness. I feel sick, in despair, your whine resounds in my ears, in my brain, in all my muscles and I shiver in a spasm feeling you so far away in an strange universe.
How is it possible? Why God, why?
Suddenly without expecting it your breath was gone; like that first fall from a horse when you were a kid you told me about; a dry and hard blow that struck your chest against the floor: one, two, three, four… you began to count them; one after the other, sixteen stabs…
………………………………………………………………………………………………

Angel, Angel, will you please hurry up, lunch is getting cold! You heard the sweet voice of your grandmother calling your name from the kitchen’s door.  Nailing the shovel in one of the furrows of the vegetable garden, you looked toward the horizon and removed the sweat from the forehead. It has been a good morning; productive. The tomatoes would grow on time and the peaches were more loaded than ever with fruit. This was the best year you have had in a long time and the crop would be good.
You really loved living in the country without the controversies of living in a city as Madrid. You were young and you had all life ahead…
Only at the last three ones you realized that it was a knife what was reflected on the mirror of the commode. Your crazy eyes focused on the ceiling that started to dye with the shadow of your own blood.
For an instant your desperate pain got lost in an acute scream of macabre agony; your eyes saw Death for the first time and unknowingly your sight stayed petrified in the nothingness…
Today my sight stays stamped in a distant memory: in eternal walks under trees that would join us with their laughs covered by the perfume of lemon blossoms and roses
and that would dress our cool spring nights massaging our backs; in glory pagan gods that welcome our offers; in kisses that brightened our moments under silvery stars. My sight is fixed in your green eyes that say goodbye with a shy lonely child’s smile.
I get up and finish dressing with no strength. I put a wool scarf around my neck; I am cold tonight; I am very cold tonight.
I close my bag and leave an empty locker room; I am the last one leaving the place.
Before closing the door I turn around and just there, I see your smile spilled on the uncaring wet tiled floor.
                                                                                            F.S.
                                                                                            April, 2005